A pesar de los avances, el feminismo campesino enfrenta múltiples desafíos que lo sitúan en el centro de las luchas por la justicia social y de género. Uno de los más graves es la violencia rural: numerosas lideresas campesinas en América Latina han sido víctimas de persecuciones, amenazas y asesinatos, como lo documenta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH, 2019), al advertir la vulnerabilidad especial de las mujeres defensoras de derechos humanos en contextos agrarios. Esta violencia, atravesada por factores de género, clase y territorio, constituye una estrategia de silenciamiento político.
Otro obstáculo significativo es la brecha educativa y tecnológica en las zonas rurales, que limita el acceso de las mujeres a los espacios de participación política y a la incidencia en políticas públicas. Como señala Deere (2005), la desigualdad en la distribución de recursos formativos y tecnológicos refuerza la exclusión estructural del campesinado, afectando de manera más aguda a las mujeres. El acceso a la tierra y al conocimiento sigue siendo un campo de disputa que condiciona el empoderamiento femenino.
La construcción de diálogos con otros feminismos también representa un reto. El feminismo campesino necesita articularse con corrientes urbanas, académicas e indígenas, pero sin perder su especificidad ni subsumirse en categorías externas que pueden invisibilizar sus experiencias (Cabnal, 2010). El reconocimiento mutuo y el respeto por las diferencias epistémicas son imprescindibles para tejer agendas comunes desde abajo, evitando la imposición de jerarquías de saber.
El horizonte del feminismo campesino pasa, entonces, por fortalecer procesos de formación política en los territorios, garantizar un acceso equitativo a la tierra y promover alternativas productivas sostenibles que no estén subordinadas a la lógica extractivista (Gutiérrez Aguilar, 2015). La visibilización de la voz campesina en espacios nacionales e internacionales de decisión es crucial para que las políticas agrarias y ambientales incorporen una perspectiva de género real.
En conclusión, el feminismo campesino no se limita a una agenda sectorial, sino que nos obliga a repensar la política desde los márgenes, lo rural y lo comunitario. Su potencia radica en articular la emancipación de las mujeres con la defensa de la tierra, el agua y la vida, revelando que no habrá justicia social ni democracia plena sin justicia de género en el campo. Como afirma Federici (2019), el cuerpo y la tierra son escenarios de disputa política y económica, y su defensa conjunta abre la posibilidad de imaginar sociedades más justas y sustentables.
Referencias
Cabnal, L. (2010). Acercamiento a la construcción de la propuesta de pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala. En ACSUR-Las Segovias (Ed.), Feminismos diversos: el feminismo comunitario (pp. 11-25). ACSUR.
Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). (2019). Situación de las defensoras y defensores de derechos humanos en las Américas. OEA/Ser.L/V/II.
Deere, C. D. (2005). The feminization of agriculture? Economic restructuring in rural Latin America. UNRISD.
Federici, S. (2019). Re-enchanting the world: Feminism and the politics of the commons. PM Press.
Gutiérrez Aguilar, R. (2015). Horizontes comunitario-populares: Producción de lo común más allá de las políticas estado-céntricas. Traficantes de Sueños.
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