Durante décadas, las mujeres
campesinas fueron relegadas a un lugar secundario dentro de la economía rural,
percibidas únicamente como apoyo en las labores agrícolas familiares o como
depositarias de roles domésticos. Sin embargo, el feminismo campesino ha
emergido como una construcción epistémica y política que reconoce a las
campesinas como sujetos activos de transformación, portadoras de
saberes, defensoras de derechos y protagonistas de luchas colectivas.
La teoría feminista clásica ya
había advertido que la condición de la mujer no es natural ni fija. Como
plantea Simone de Beauvoir en The Second Sex, “Mi idea es que todos,
tanto hombres como mujeres, deberíamos ser considerados seres humanos. Pero el
nominalismo es una doctrina bastante inadecuada, y las antifeministas no han
tenido ningún problema en demostrar que las mujeres simplemente no son hombres.”
(Beauvoir, 1949, p. 14). Esta afirmación resuena en la experiencia de las
campesinas, pues su identidad política se construye en la práctica comunitaria,
en la relación con la tierra y en la resistencia frente a múltiples formas de
dominación.
En este mismo sentido, Butler en Gender
Trouble explica que: Se han planteado varias preguntas importantes sobre
esta doctrina, y una parece especialmente destacable. La perspectiva de que el
género es performativo buscaba demostrar que lo que consideramos una esencia
interna del género se fabrica mediante un conjunto sostenido de actos,
postulados a través de la estilización genérica del cuerpo. De esta manera,
demostró que lo que consideramos una característica "interna" de
nosotros mismos es algo que anticipamos y producimos a través de ciertos actos
corporales, en un extremo, un efecto alucinatorio de gestos naturalizados.”
(Butler, 1999, p. 7).
El feminismo campesino pone de relieve esa
performatividad del género, ya que el cuerpo campesino no solo produce
alimentos, sino también significados políticos y sociales, desafiando los
estereotipos que lo reducen a la pasividad o al trabajo invisible.
La crítica de bell hooks es
particularmente pertinente para este debate. Ella advierte que “There will be
no mass-based feminist movement as long as feminist ideas are understood only
by a well-educated few” (hooks, 1984/2015, p. 1). Este señalamiento interpela a
los feminismos urbanos y académicos que muchas veces han ignorado las voces
rurales. En contraste, el feminismo campesino nace de los márgenes y propone un
movimiento inclusivo, en el que las mujeres que han sido históricamente
invisibilizadas en el campo asumen centralidad política.
La dimensión territorial de estas
luchas también conecta con los aportes de Gloria Anzaldúa en Borderlands/La
Frontera, cuando afirma: “I am a turtle, wherever I go I carry ‘home’ on my
back” (Anzaldúa, 1987/2012, p. 43). En el caso campesino, el hogar y la tierra
no son realidades separadas: la mujer campesina carga consigo la memoria de su
territorio, la reproduce en su trabajo cotidiano y la defiende frente a las
amenazas del extractivismo y el despojo.
Finalmente, el análisis de Maria
Mies en Patriarchy and Accumulation on a World Scale permite comprender
cómo la explotación de las campesinas se inserta en un sistema global de
acumulación. Como señala la autora, “Women’s unpaid labour in the household and
in subsistence production provides a material basis for capitalist
accumulation” (Mies, 1986/2014, p. 48). Esta perspectiva explica por qué la
lucha campesina no es únicamente contra el patriarcado local, sino también
contra una estructura económica que se beneficia de su trabajo no remunerado y
de la degradación de sus territorios.
El feminismo campesino, entonces,
no se limita a exigir igualdad formal. Su propuesta va más allá: se trata de
una ruptura doble, contra el machismo rural y contra la exclusión de
clase. Desde esa doble resistencia, las campesinas construyen una praxis
emancipadora que coloca al campesinado en el centro de debates sobre
democracia, justicia social y derechos humanos, redefiniendo quiénes son los
sujetos legítimos de la política contemporánea.
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